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Relatos para soñar
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CRIATURAS LITERARIAS

Relato corto, Novela negra, Novela contemporánea, Narrativa, Ensayo... Esas son mis criaturas literarias. Esos son mis mundos por donde me gusta desenvolverme y caminar.
En esta página encontraréis relatos completos y también algunos capítulos de las novelas que he escrito. Espero vuestros comentarios.
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TEORÍA DE LA RELATOVIDAD
 Gran Ciudad amaneció todavía adormilada aquel frío y nuboso dos de enero. En el cielo, las estrellas tintineantes aún permanecían colgadas proyectando su lánguida luz. Como siempre, caprichosas y extravagantes, se vanagloriaban de su fama y nunca querían abandonar el firmamento sin que antes lo hiciera la Luna. Las estrellas nunca se han llevado bien con Selene, a pesar de ser toda de plata; nunca han soportado su manía de hacer sonar cascabeles durante toda la noche. Por su parte el Sol, a pesar de ser también una estrella, no era una estrella más; era el astro más famoso de Gran Ciudad, el astro rey. No obstante su timidez le impedía rivalizar con sus pequeñas colegas y esperaba pacientemente detrás de las montañas a que éstas fueran desapareciendo para hacer su salida triunfal. De tan tímido que era el Sol que en los días más fríos del invierno, las madres y abuelas de la villa se juntaban para, mirando al cielo, soflamar: ¡Te comería a besos de lo bueno que eres! ¡Eres lo mejor del mundo! ¡Eres un sol! Cosa que lo acaloraba bastante, tanto, que hacía subir la temperatura del ambiente en un par de grados. Los habitantes de Gran Ciudad, una vez pasados los días de fiestas, se mostraban reacios a emprender de nuevo su jornada de trabajo. Se desperezaban ostentosamente para tonificar sus músculos; estiraban brazos y piernas y bostezaban aparatosamente; y es que estos días tan festivos suelen pasar factura a todos. El asunto es por qué tienen que pagar esas abultadas facturas, cuando los acreedores son la Navidad, que va feliz por la vida, normal cuando sólo trabaja una vez al año; y el Año Nuevo que, cuanto más tiempo pasa, más próspero va siendo, algo lógico teniendo en cuenta que la factura que extiende suele ser de las más altas del mercado. Pero en Gran Ciudad no existían los morosos; todos, a primera hora de la mañana, habían cumplido con su obligación y habían pagado religiosamente sus correspondientes dos Padre Nuestros, los dos pertinentes Ave Marías y alguno que otro dejaba además el Gloria de propina. Incluso Sofía, qué era la más atea del municipio, había abonado su factura como Dios manda. Aquel dos de enero, primer día laboral del año, el pueblo debía volver a la Cotidianidad, la tiendecita de ultramarinos a la que siempre acudían todos los habitantes de la urbe después de un día festivo. Entre olorosos jabones y vistosos caramelos; entre sabrosos jamones y suaves plumeros, la gente hacía acopio de lo más necesario y también de lo más superfluo. En Cotidianidad uno podía encontrar casi de todo. A Amador, como al resto de sus paisanos, le había costado bastante esfuerzo madrugar, por lo que esa mañana salió de casa algo más tarde de lo acostumbrado. Pagó su deuda con los días festivos, pero no tuvo tiempo de pasarse por la tiendecita de ultramarinos. “Esta misma tarde me paso”, pensó y, como cada mañana, salió dispuesto a atravesar toda la ciudad para llegar a su trabajo como médico cardiólogo en el hospital principal. Por el camino se irá cruzando con buena parte del vecindario. Disfruta charlando con ellos durante un rato, hablando del tiempo, de la política, y también de sus rutinas, de sus costumbres, de su modo de vida. Sin embargo aquel día Amador deseaba no entretenerse mucho para no llegar demasiado tarde al hospital; no obstante no tenía ninguna intención de ser un maleducado y no saludar como era debido a todos los vecinos con los que se cruzara. A pesar de que hasta la Semana Santa no volvería a disfrutar de vacaciones, el médico caminaba feliz; él siempre se mostraba feliz. Tras dejar atrás la calle donde vivía, le llamó la atención escuchar un enorme alboroto que salía del interior del quiosco de prensa. Extrañado se asomó dentro y vio como los periódicos no dejaban de gruñir y rugir; se peleaban entre ellos y parecían furiosos. Leo, el vendedor, se encontraba en medio de la trifulca, luchando dramáticamente con los diarios para mantener la paz. -¡Buenos días, Leo! ¿A qué se debe tanta greña? -¡Buenos días, Amador! No sabes qué mañanita me espera –a pesar del frío reinante, la frente del quiosquero aparecía salpicada de sudor y tenía que hacer pausas al hablar por el cansancio-. Estoy agotado. Resulta que hoy los periódicos vienen cargaditos de la más rabiosa actualidad y no sabes los esfuerzos que tengo que hacer para que no se enzarcen en continuas peleas. -Lo que deberías hacer es ponerlos junto con la prensa del corazón y así seguro que se apaciguarían un poco. -¡Cualquier día lo hago; como me calienten mucho, cualquier día lo hago! Amador se despidió de Leo que continuaba con su labor pacificadora blandiendo en su mano, a modo de amenaza, una revista mensual especializada en armamento militar, y se dispuso a cruzar por una de las zonas por las que menos le gustaba pasar: la zona de los grandes fosos. En toda esa área, que atravesaba Gran Ciudad como si de una Vía Láctea se tratara, no había construcciones ni jardines, sólo un espacio yermo y perforado. Cualquiera que pasara por allí debía poner mucho cuidado para no caer en alguno de los muchos y gigantes agujeros que salpicaban el terreno. A pesar de ser grandes y muy visibles, a pesar de estar debidamente señalizados y acotados, cada día tenían que ser rescatados entre siete y ocho vecinos que, incomprensiblemente, se precipitaban al interior de algunos de ellos. El cardiólogo, visiblemente nervioso cada vez que tenía que pasar por allí, rodeó primero Tentación, un agujero grande y tan resbaladizo que como te asomaras era muy fácil caer en él. Allí abajo la gente no tenía prisa por salir ya que solían pasárselo muy bien. El siguiente era Olvido, un foso profundo y oscuro donde los que rodaban hasta su interior solían ponerse muy tristes y que, además, por no sé que extraña razón, eran siempre los últimos en ser rescatados. Más allá estaba Cuenta, una cavidad brillante y lustrosa que proyectaba una enigmática luz desde el fondo. Al rodear su perímetro, Amador vio que a esas horas de la mañana ya había caído alguien. Se trataba de Modesto, el mejor cocinero de la ciudad aunque nunca quisiera reconocerlo. Modesto esperaba pacientemente sentado en el suelo a que lo sacaran de allí; no parecía mostrar ninguna prisa. -¡Buenos días, Modesto! ¿Cómo has podido caerte en un agujero tan grande? -Pues estaba yo cavilando sobre para qué habían construido un foso tan grande y luminoso como éste, y cuando me asomé a Cuenta, justo en ese momento, lo comprendí. Fue entonces cuando caí dentro. -Hombre, enhorabuena. Es algo como para estar orgulloso, ¿no? -No es pa' tanto, Amador. ¿Quieres que te lo cuente? -De buena gana lo escucharía, pero es que llevo un poco de prisa. -Bueno, pues otro día te lo cuento. -Sí, otro día. ¡Ah!, y enhorabuena de nuevo. -¡Qué no, qué no! Qué no es pa' tanto. Amador continuó su camino, temiendo encontrarse, como ocurría casi todos los días, con Marcial, el sargento de policía, que a esas horas normalmente practicaba deporte en la calle. -¡Buenos días, amigo! ¡Hoy vas a llegas tarde! -Marcial, con su típico chándal azul, saludó a Amador sin dejar de dar saltitos. -Me temo que sí. Se me pegaron las sábanas y no hubo forma de despegarlas sin terminar haciéndolas jirones. ¡Mira! Todavía tengo algún trozo de tela pegado -Amador se remangó la manga de la camisa para mostrarle el andrajo de sábana adherida a su piel. -¡Qué cosas! La pereza es lo que tiene. Pues yo, ya me ves, dispuesto a llevar a cabo una competición de atletismo. -¡Ah! Esta vez toca atletismo. ¿Y con quiénes vas a correr? ¿Con Benigno y Severo como otras veces? -No, esta vez no. Y es que entre Benigno, que hace todo lo posible por perder y se pasa toda la carrera andando, y Severo, que te pisa los talones para adelantarte ya que intenta por todos los medios ganar, así no hay quien compita. No, esta vez quiero promover una sana competición. -Severo, yo soy médico y no creo que la competición tenga que ser curada de nada. -¡Sí, sí! No te imaginas lo enferma que está: drogas, corrupción... Voy a demostrar a todo el mundo cómo mantener una sana competición aunque sea con un solo participante. -Pues no lo entiendo... –Amador miraba su reloj con resignación pues sentía que no podía hacerle el feo de marcharse en ese momento. -¡Te lo voy a demostrar! Marcial se fue hasta la línea de salida, alzó su brazo derecho que portaba una pistola de fogueo y realizó el disparo de salida. En ese momento empezó a correr con todas sus fuerzas. En algunos momentos miraba a su izquierda como si un invisible competidor estuviera a punto de adelantarlo, en otras miraba al frente y corría con ímpetu, como si le fuera la vida en ello. Marcial derrochó toda la energía de la que disponía en cruzar la meta, sin embargo, al concluir la carrera agachó la cabeza y se mostró triste. -¡Muy bien, Marcial! Has hecho una carrera magnífica. -Sí, ha sido una buena carrera, pero no he ganado. -¿Cómo que no has ganado? ¡Pero si has llegado el primero! -Ya, pero también he llegado el último. Técnicamente no puede ser ganador el que llega el último. A eso me refería con lo de llevar a cabo una sana competición. Hay que aceptar las reglas. -Pero también técnicamente... -Amador iba a comentarle que también el que llegaba primero era el ganador, pero ya se había entretenido bastante y sabía bien que era inútil discutir con Marcial. Así que se despidió de él y continuó el camino hacia su trabajo. Amador ya estaba entrando en el hospital cuando se fijó en una bellísima joven que, justo en el portal de al lado, parecía estar esperando a alguien. Era la más bella mujer que jamás hubiera visto en su vida. Había amado a muchísimas mujeres, pero ninguna podía igualarse, ni tan siquiera remotamente a la hermosura de aquella desconocida. El encandilado galeno, como si estuviera siendo guiado por una fuerza ajena a él, no pudo evitar acercarse a ella para saludarla. -¡Cómo puede tan bella flor estarse marchitando en esta gélida mañana de invierno! -Es usted todo un galante –la joven parpadeaba como en cámara lenta y hablaba como si estuviera susurrando al oído de Amador. -No es galantería cuando lo que sale de la boca de un hombre es la pura verdad. Pero dime... ¿Qué anda esperando esta delicada perla? -Estoy esperando la llamada del amor. -Entonces no esperes más, porque el amor no está llamando, está gritando que tomes en consideración a este humilde pretendiente. ¿Acaso no lo oyes? -Sí, grita. Grita tan fuerte que apenas le puedo escuchar a usted. Se trata de una voz ronca y desesperada. -Es la voz de mi corazón. La de tu más servicial siervo, Amador. Deseoso de sentirse amado y dispuesto a amarte hasta el fin de mis días. -Mi nombre es Dulce, y tiene que saber que mis acaramelados pensamientos sueñan con la llegada de un trovador que sepa cantarle a este corazoncito almibarado hasta hacerlo latir de pasión. La bella dama extendió su mano derecha, con la palma hacia abajo para recibir el saludo propio de una aristócrata. Amador llevó a cabo el correspondiente besamanos y al rozar con sus labios el dorso de la femenina mano notó como un sabor meloso le envolvía toda la boca. -¡Oh, mi vida! Quién fuera abeja para libar de la miel de tus labios. -Gracias, Amador. Veo que es usted un experto galán especializado en cortejos. Éste ha sido un importante paso para enamorarme, pero no ha de ser el único. Aún le quedan muchas pruebas para que yo pueda amarle. Ahora que encontré lo que buscaba ya no hay motivo para seguir esperando. Nos volveremos a ver muy pronto. -Eso espero, mi delicado bombón. Estaba claro que el médico se había quedado prendado por la belleza de aquel ángel de golosina, su corazón estaba cautivo en aquellos ojos verdes mentolados; en su presencia apenas palpitaba. ¿Y cómo podría ejercer de cardiólogo alguien cuyo corazón no latía como era debido? Hasta que su amada no se hubo alejado lo suficiente no pudo volver a la normalidad, sin embargo todavía podía saborear el azucarado néctar en su paladar. Estaba claro que hoy no podría trabajar, no en ese estado. Así que dio la vuelta y se marchó sin llegar a entrar en el hospital. En este nuevo trayecto, Amador caminaba abatido y melancólico, tanto que no se percató de que se cruzaba con Secundino hasta que éste le preguntó por la hora. -¿Ya estás otra vez pidiendo la hora, Secundino? No entiendo cómo, siendo relojero, nunca llevas un reloj encima -Amador hizo un esfuerzo para poder enfocar con claridad la esfera de su reloj-. Son las 9 con 12 minutos y... 30 segundos. -¿Un reloj? Ya llevé una vez un reloj de pulsera y esa misma noche, después de dejarlo sobre el aparador, lo vi salir volando por la ventana... ¡12 minutos con 40! Y es que, aunque el tiempo vuela para todos, en mi caso lo hace con tal intensidad que hasta se me lleva los relojes... ¡12 minutos con 50! En la tienda están todos los relojes bien encerrados en vitrinas de cristal; en casa solo tengo un reloj despertador bien atornillado a la mesilla de noche… ¡9 horas y 13 minutos! Pero lo de llevar un reloj de pulsera, ¡nunca más! -Pero ya que no quieres llevar reloj entonces, ¿por qué necesitas estar preguntando continuamente por la hora? -¡13 minutos con 10! Porque lo que más odio en esta vida es perder el tiempo. El control del tiempo nos humaniza, la negligencia nos asilvestra... ¡13 minutos con 20! -Pues uno de los mayores placeres en esta vida es el de poder disfrutar de momentos de relax en los que el tiempo no existe. Deberías experimentarlo. -No lo quiero ni pensar. ¡Qué espanto!... ¡13 minutos con... con...! Mira lo que has conseguido: he vuelto a perder el tiempo otra vez. -Son las 9 horas con 13 minutos y... 40 segundos. ¡Hasta luego, Secundino! A medida que se iba alejando Amador, oía como la cantinela de Secundino se iba atenuando hasta desaparecer por completo. Sin embargo, a cada paso que daba, su melancolía aumentaba sin saber muy bien porqué. Su amor, su adorada Dulce, no le había rechazado, pero tenía tanto miedo de no volver a verla. Sus pensamientos bullían como en una olla exprés; el vapor que se generaba en su cabeza salía a borbotones por la nariz y las orejas disminuyendo a duras penas la presión intracraneal. Así que se sintió aliviado cuando en su camino se encontró con la peluquería de Clara. "Clara seguro que me ayudará", pensó mientras entraba en el establecimiento. La peluquera se encontraba ocupada en ese momento; trabajaba afanosamente en el interior de la cabeza de una clienta que no era otra que su amiga Lía. -¡Buenos días! Ya veo que Lía vuelve a andar algo confusa, ¿no? -Sí, así es. Necesita que alguien le aclare las ideas -Clara iba separando las circunvoluciones del cerebro, allí dónde se originan las ideas, y las iba frotando con un paño empapado previamente en agua limpia-. Nunca he visto a nadie que se pueda liar tanto en esta vida. -Y qué queréis que le haga si resulta que llevo meses sin trabajar y ahora me encuentro con dos ofertas de trabajo a cada cual más interesante -Lía, que estaba sentada en una silla y que llevaba al cuello una capa de peluquería, hablaba relajadamente, como si le estuvieran haciendo una permanente. -Déjalo en mis manos y ya verás cómo al final escogerás lo que más te conviene -Clara continuaba limpiando meticulosamente el cerebro de Lía. -Pues yo también necesitaría de tu servicio, Clara. Tengo un problema que me tiene completamente desorientado. -¡Qué raro en ti, Amador! ¡Tú nunca habías necesitado mi ayuda! -Es que he conocido a la chica más hermosa que jamás haya visto y no sé que hacer. -Me parece que tú lo que estás es perdidamente enamorado. ¡Ay, chico! Me parece que contra eso poco puedo hacer yo. -¡Claro, claro, Clara! Lo entiendo. Gracias de todos modos. Amador se marchó, volviéndose a quedar solo. Sentía que nada ni nadie podrían hacer nada para calmar su irrefrenable pesar. Caminaba sin rumbo fijo, con la mirada puesta en el suelo. ¿Qué más podía hacer que no fuera vagar por las calles? Estaba enamorado, sí, perdidamente enamorado. Ante ese panorama sólo podía hacer una cosa… Cuando alzó de nuevo la vista comprobó que se hallaba en los límites de Gran Ciudad. Allí, en la última casa, vivía Caridad, siempre dispuesta a ayudar a todos aquellos que llegaban a la localidad en busca de una vida mejor. Caridad, que esperaba pacientemente junto a la puerta, reparó en que Amador no era el mismo Amador de siempre. -¡Amador! ¿Dónde vas tan cabizbajo? -Voy al tanatorio, a comprar un ataúd y a preparar mi muerte. -¡Pero si estás muy sano, hombre! Todavía te quedan muchos años de vida. -No. He conocido a la chica más bonita del mundo y, desde que la vi, me estoy muriendo de amor. -Caramba, chico, sí que es grave, sí. Pero tú no te preocupes que cuando mueras, iremos todos a tu entierro con muchos limones y pomelos para poderte llorar amargamente, como es debido. -Muchas gracias, Caridad. Tienes un corazón de oro que no te cabe en el pecho. -Sí, hijo, sí. Será todo lo bueno que quieras, pero con lo que pesa me está empezando a salir joroba. Amador, tras despedirse de Caridad, dirigió sus pasos hacia el tanatorio que se ubicaba junto al cementerio. Para salir de Gran Ciudad tenía que cruzar un puentecito de madera que atravesaba un vivaracho riachuelo, tan vivo que era frecuente que saltara por encima del puente y que empapara a los viandantes. Sin embargo Amador tuvo suerte y el pequeño río se mantuvo en su cauce mientras él pasaba. El melancólico médico caminaba despacio, pero con paso firme. Al frente ya se veían los cipreses que bailaban al son que les marcaba el viento. El Sol a esas horas intentaba mostrarse elevado en la bóveda celeste, pero apenas podía mostrar su majestuosidad y sus portentosos rayos. Nubes de diferentes tipologías cruzaban continuamente el cielo y lo ocultaban parcialmente. Eran esas entrometidas nubes las causantes de que el Sol se sintiera decaído, que descendiera hasta un arco inferior y que apenas tuviera energía para calentar el aire. Amador por su parte estaba decidido. No quería dejar nada al azar, sobre todo porque apenas tenía nada que dejar a nadie, como para que encima se lo llevara un veleta como ése. Quería dejar bien atado todo lo relativo a su muerte. No quería dejar nada sin organizar y es que ya lo dice el dicho: "sólo se muere una vez". FIN
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VIAJE A LOS CONFINES DEL CEREBRO
 Aún recuerdo la primera vez que la oí llorar aterrada, sin motivo aparente, mientras se tapaba la cara con las manos. Mi hija, mi Clara, con tan sólo 7 años tenía un mundo paralelo de sonidos, imágenes y sensaciones ajenas a la realidad. Me rompía el corazón cada vez que la veía así, llorando desconsolada y temblando, sin que nadie de la familia supiéramos cómo actuar. Tampoco fuera de casa sabían muy bien qué hacer o quizás fuera que no ponían mucho interés, no lo sé; lo cierto es que resultaba desgarrador comprobar que los médicos sólo sabían recetar tranquilizantes, y en la escuela, en cuanto sufría alguna de sus crisis, aislaban a Clara y me llamaban para que fuera a recogerla y llevarla a casa con los consiguientes problemas en el trabajo. Estaba claro que quien mejor podía ayudarla era la familia y yo estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo. ¡Si pudiera entrar en su pequeño cerebro para ver que bulle en él…! Fue una tarde, tras un duro día de trabajo, cuando me fijé en que Clara nuevamente gesticulaba como si hablara con alguien, como si viera algo que yo no podía ver. Me acerqué a ella y la abracé. Clara se mostró ajena a mi abrazo, no parecía estar asustada sino todo lo contrario, parecía feliz. Tomé su cabeza entre mis manos y la miré a los ojos. Clara sonreía pero no a mí, sino a algo que se interponía entre las dos. Acariciaba su flequillo sin dejar de mirarla a los ojos. De pronto el mundo cambió delante de mí. Estaba en la misma habitación que unos segundos antes, pero había algo diferente. El color azul de las paredes, los cuadros con motivos infantiles, los girasoles de las cortinas… todos los objetos de la habitación reflejaban colores tan intensos que parecían cobrar vida. De fondo, como parte de la banda sonora que acompañaba este mágico mundo, podía oír la voz de Clara tarareando una entrañable canción infantil. Estaba dentro del cerebro de mi pequeña, sí, eso tenía que ser; estaba viendo lo que ella veía y oyendo lo que ella oía. ¡No puede haber mayor conexión entre una madre y su hija! De pronto los colores comenzaron a apagarse, a extinguirse. El techo, que en el mundo de Clara era de un azul parecido al turquesa de las playas del Caribe, se tornó gris y la tierna canción infantil se convirtió en gritos de terror y angustia. -¡Mami, mami! ¡Han vuelto! ¡Ya están aquí otra vez! -¿De quiénes hablas? ¿Quiénes han vuelto? Lo que en un principio parecía el ulular del viento, cada vez se fue haciendo más claro y me di cuenta que el sonido no provenía de ningún lugar determinado, sino que parecía proceder de toda la habitación; eran voces humanas, voces que no dejaban de decir, una y otra vez: “Mereces un castigo. Eres una niña muy mala…”. Junto con este constante soniquete podía escuchar el sollozo de Clara, el inconfundible llanto de sus momentos de crisis. -No llores, mi vida. Mamá está aquí. Mamá no va a dejar que te pase nada. Las voces, en un principio omnipresentes por toda la estancia, ahora se materializaban en un lugar concreto de la habitación. Dirigí mi mirada hacia ese punto y vi entre cinco y seis bocas, no había cuerpos, ni cabezas, eran sólo bocas que volaban por encima de nosotras, repitiendo sin cesar: “Mereces un castigo. Eres una niña muy mala…”. -¡Dile que se vayan, mami! ¡Quiero que esas bocas se vayan de aquí! Yo, armándome del máximo valor que pude para mantener la serenidad, me propuse hablarle a Clara con mucha, mucha calma. -¡Mira, mi vida! ¡Fíjate bien! Eso que ves volando por el techo no son bocas, sino periquitos de colores, y eso que oyes son canciones. Ya sabes que los periquitos tienen voces muy feas. Pero escucha, están cantando: "Juega conmigo. ¡Vamos, mi niña, baila!". Las bocas seguían volando y coreando su sombría canción, pero sentía los esfuerzos que estaba haciendo Clara para ver aquello que yo le pedía que viera. -Repite conmigo "Son periquitos, son periquitos, son periquitos…" Ambas comenzamos a recitar la frase una y otra vez, cada vez más fuerte hasta que, casi sin darme cuenta, Clara comenzó a reír. Al mirar hacia arriba, las bocas se habían convertido en pájaros de vivos colores que volaban dando vueltas por la estancia. -¡Son periquitos, sí! ¡Son periquitos muy feos! El plan, si así se podía definir a algo que había surgido de improviso, pareció funcionar. Los tonos grises desaparecían llevándose con ellos los temores de Clara y volvían a surgir nuevamente los propios colores de la habitación. Sin embargo esta circunstancia apenas duró unos minutos. Nuevamente regresaron los tonos grises, regresaron los miedos de mi pequeña y también regresaron las voces. Por todo el cuarto comenzaron a surgir botas, decenas de botas, botas que caminaban solas, botas que taconeaban solas. Las constantes pisadas hacían retumbar el dormitorio y apenas me era posible escuchar el llanto de Clara. -No llores, mi vida. Eso que ves son tortugas, tortuguitas, y quieren jugar contigo. Extiende tu mano y acarícialas. Veras cómo no hacen nada. Clara se mostraba reacia a intentar tocar los seres plasmados en su cerebro. Tuve que insistirle para que actuara, para que extendiera su brazo; sin embargo finalmente accedió y comprobé como las botas se tornaban en tortugas de diferentes tamaños y poco a poco desaparecían los grises y los miedos. La permanencia en el cerebro de mi hija me estaba dejando totalmente exhausta, debilitada; tanto que tuve que salir para descansar. Afortunadamente mi niñita estaba tranquila, cogió una de sus muñecas preferidas y se puso a jugar con ella como cualquier otra niña de su edad. Estaba sorprendida con la gran mejoría que experimentó Clara desde entonces. De vez en cuando me gustaba echar un rápido vistazo al interior de su cerebro; veía su maravilloso mundo de niña, todo lleno de luz y colores, y salía aliviada de allí. Pasaron unas semanas de absoluta tranquilidad. En las crisis, Clara era capaz de hacer por sí sola las transformaciones y, lo que hasta entonces habían sido pesadillas, ahora lo tomaba como un juego de niños. Pero un día, sin motivo aparente, volvieron la tiritera y los gemidos de miedo. Estaba tan entrenada que de un salto entré en el cerebro de mi pequeña y vi como los colores que formaban parte del dormitorio iban cayendo al suelo como si se tratase de cera derretida, dejando en su lugar una escala de grises. Las paredes ondulaban como si fueran hechas de gelatina, y los muebles aparecían deformados como cuando se produce refracción a causa del calor. De todas las veces que había entrado en la mente de mi hija, nunca había visto tal cambio de la realidad como en esta ocasión. Se oían voces lejanas, apagadas. No podía distinguir con claridad qué decían, pero esos sonidos se estaban acercando y cada vez se hacían más nítidos: “morir, morir, morir; soy tu muerte; morir, morir, morir…”. Pronto pude averiguar quién era el emisor de tan macabro mensaje: una gigante criatura de tez grisácea y vestida completamente de negro, y me miraba directamente a los ojos desde las alturas. Era tan alto que tenía que permanecer un poco agachado para no darse con la cabeza en el techo; su rostro aparecía difuminado a excepción de sus ojos, ojos de color blanco, sin pupilas, que destacaban sobre el gris de su faz. Clara no dejaba de gritar de terror, estaba pasando por una de las peores crisis que yo recordara. Sus chillidos y la mirada lechosa del monstruo no me permitían pensar con claridad y además me sentía anormalmente cansada. Tenía que actuar con rapidez. -No llores, mi vida. ¿No ves que es un muñeco? Un enorme muñeco de peluche. Clara, que tanto confiaba en mí, empezó a concentrarse en la alegoría que yo le transmitía para que perdiera el miedo. Repetía continuamente en voz alta: “es un muñeco de peluche, es un muñeco de peluche…”; notaba como se concentraba, como quería ver lo que yo le decía. Pero cada vez que levantaba la mirada ahí estaban los ojos albinos del gigante mirándola fijamente, mirándonos. -¡Inténtalo, Clara! ¡Tú puedes hacerlo! ¡Mira el muñeco de peluche! Esta vez mi táctica no daba resultado. El monstruo seguía en el dormitorio y daba vueltas a nuestro alrededor con su funesto cantar: “morir, morir, morir; soy tu muerte; morir, morir, morir…”. Era consciente de que permanecer en el cerebro de mi hija me estaba llevando a la extenuación, consumía todas mis fuerzas. Presentía que, si salía de su mente sin haber dominado sus visiones, éstas nos vencerían definitivamente para siempre. De pronto me di cuenta de que el corpulento engendro era demasiado grande, demasiado corpóreo como para conseguir una transformación en algo más inocuo. Tenía que cambiar de táctica. -Clara, mi vida. Tienes que obedecerme y hacer todo lo que yo te diga. Tienes que confiar en mí. El gigante no puede hacerte daño, mi amor. Por eso quiero que lo mires a los ojos y que le digas: “no puedes hacerme daño, no puedes hacerme daño…”, una y otra vez. -Tengo miedo, mami. Quiere hacerme daño. -No hagas caso de lo que dice ni tampoco de lo que haga. Es un monstruo feo, pero no puede hacerte daño. Tienes que hacerme caso y mirarle. Él no puede hacerte nada. Cada vez que mi pequeña miraba al ogro a la cara, éste comenzaba a hacer aspavientos con intención de aterrarla, y lo conseguía; Clara terminaba apartando su vista a los pocos segundos. -¡Vamos, mi vida! ¡Mírale otra vez! Cada mirada de la niña era respondida con gesticulaciones que conseguían que dejara de mirarlo. Pero comprobé que cada vez aguantaba por más tiempo la contemplación del monstruo. Paulatinamente, Clara se iba dando cuenta de que, aparte de sus exagerados aspavientos y amenazas, no le hacía nada. -No puedes hacerme daño, no puedes hacerme daño… -Clara le gritaba al monstruo a la cara con más y más intensidad. El gigante dejó de mover sus brazos, dejó de amenazarla. Seguía junto a ella pero ya no podía asustarla. Aún recuerdo la primera vez que la oí llorar aterrada sin motivo aparente. Ayer, dieciséis años después, ha vuelto a llorar. Sin embargo, las lágrimas esta vez no han sido de temor, sino de alegría, y sí han estado motivadas. Ayer fue el primer día de trabajo de Clara como abogada en uno de los mejores bufetes de la ciudad. Cada uno tiene que hacer su viaje en esta vida. Yo, durante mucho tiempo, tuve que viajar a la mente de mi hija intentando comprender qué sentía, cómo funcionaba su cerebro. Ahora ella tiene que recorrer su propio trayecto, un largo viaje en el que apenas ha recorrido unas pocas estaciones. Un viaje que la llevará hasta los confines de la vida y en el que estoy segura de que habrá paradas difíciles y amargas, pero también felices y dichosas como ésta en la que estamos ahora estacionadas, su primer empleo. Su enfermedad le ha servido para ser una persona fuerte y para hallar procedimientos imaginativos en su trabajo. Sabe encontrar como nadie soluciones allí donde los demás sólo ven problemas, y estas aptitudes las han sabido valorar tanto sus compañeros como sus jefes. En definitiva, Clara es una mujer enérgica y valiente que sabrá, en todo momento, enfrentarse a todos los monstruos que surjan en su vida…, hasta vencerlos. FIN ANTONIO CORDERO
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TE QUERRÉ TODA MI VIDA
 Tenía muchas ganas de verle, y por fin le tenía frente a mí. A pesar de la niebla que todavía cubría la mañana, parecía que iba a hacer el mismo y bochornoso calor de los días anteriores. Está claro que el verano ya se ha instalado totalmente. Sam mostraba su franca y hermosa sonrisa de siempre, pero sus ojos le delataban. Una porción de tristeza se afanaba en desbordarse de ellos por mucho que intentara disimularlo. -Ven, sentémonos en la cama -me dijo llevándome dulcemente de la mano. Nos sentamos sobre el duro e incómodo catre y Sam comenzó a acariciarme el dorso de la mano con el pulgar mientras me miraba profundamente sin dejar de lucir su característica sonrisa. Yo, con la otra mano le acariciaba el rostro, las sienes, su pecho... Nos dimos un pequeño y tímido beso, cómo de adolescentes, cómo si no supiéramos por dónde empezar ni qué hacer. -Karen, eres lo mejor que me ha pasado nunca... Te querré toda mi vida -una frágil risa me indicó que estaba bastante nervioso, y no era para menos. -Déjate de bromas. Yo también te voy a querer tanto y tan intensamente como hasta ahora. -Espero que no sea así, te mereces a alguien mejor que yo. Con que me guardes un poco de cariño me conformaré. Nos besamos, esta vez sí, apasionadamente. Corrientes de endorfinas bañaban mi cerebro hasta llevarlo al éxtasis. Cuanto esperé que llegara este momento. Necesitaba sentirle dentro de mí, que me abrazara con sus fuertes brazos, tener su cuerpo pegado al mío. Comencé a acariciarle con más intensidad, metiendo mis manos por debajo de su camisa para que ningún obstáculo me impidiera percibirle de verdad. Hacía tanto que no sentía así su piel... Sam volvió a coger mis manos y las llevó a su regazo; mientras lo hacía no dejaba de mirar fijamente mis pupilas. -Aunque lo deseo con todas mis fuerzas, creo que hoy no podría hacer el amor contigo. Lo entiendes, ¿verdad? -Por supuesto, Sam, pero no me prives de sentir tu piel. Será el mejor recuerdo que guarde de ti. Nos abrazamos y volví a esconder mis manos bajo su camisa. Él hizo lo mismo bajo mi blusa. Las yemas de nuestros dedos eran los ojos exploradores que indagaban cada surco, cada brizna de nuestros cuerpos. Manteníamos nuestras mejillas muy pegadas; yo, con los ojos cerrados, podía sentir su olor, tan varonil, tan especial, tan suyo. Querría guardar este momento en mi cerebro con tanto ímpetu... Que no se perdiera con el tiempo ni uno solo de los registros, para poderlos revivir con la misma frescura e intensidad con la que lo estoy sintiendo ahora. -Espero que algún día puedas perdonarme todo el daño que te estoy haciendo -Sam acariciaba mi rostro mientras hablaba. -No tienes por qué disculparte. Así es la vida y así son las circunstancias. Quiero que sepas junto a ti he sido muy feliz. No puedo reprocharte nada. Volvimos a abrazarnos y permanecimos así hasta que llegó la hora de marcharme. Al despedirnos, evité soltar alguna lágrima o mostrarme triste. Él seguía con su hermosa sonrisa... Así es cómo quería recordarle. Mientras me dirigía a la salida, no pude evitar pasar por la sala. Aún estaban los asientos vacíos, pero en pocos minutos se llenarían. Aunque me habían permitido quedarme, yo no quise. Giré un cuarto de vuelta para ponerme frente al enorme cristal. Detrás de él, en el medio de un pequeño cuarto, se encontraba ella, la silla eléctrica que daría el punto final a la vida de Sam. Aparté mi mirada de ella para evitar que su imagen también se guardara en mi cerebro. No quería relacionar el recuerdo de Sam con aquella infernal máquina. Prefiero recordar su sonrisa, su mirada profunda, sus fuertes manos. Te querré toda mi vida, me había dicho. Para él era fácil decirlo, su vida era bien corta. Pero para mí, para bien o para mal, yo también le querré siempre, hasta el día en que me muera. FIN ANTONIO CORDERO
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¡SÍ TENGAS MIEDO!

¡SÍ TENGAS MIEDO! En ocasiones, ¿no has sentido un leve roce en tu espalda a pesar de que dormías solo? A veces, ¿no has notado, en mitad de la noche, un inexplicable olor ajeno a ti y a tu hogar? En algún momento del día, ¿no has tenido que girarte porque habrías jurado que había alguien más cerca de ti? Estos hechos no son producto de tu imaginación, no están causados por un miedo irracional a la oscuridad, no. Todo esto está causado por ellos, por los que no se han ido, por los que no se quieren ir, por los muertos que se aferran a la vida a pesar de que hace tiempo la perdieron, por los que se extraviaron en ese trance apabullante que supone la transición de la vida hacia la muerte. Estamos rodeados de más espíritus de los que podemos imaginar. Si uno pudiera ponerse unas gafas especiales para verles, deambulando lentamente de un lado a otro, con sus brazos pegados al cuerpo, sin balancearlos como haría cualquiera al andar, con sus miradas perdidas en un punto lejano; si uno pudiera ver esta otra ciudad, saldría corriendo y no pararía hasta llegar al desierto o hasta el Polo Norte; y es que a los muertos, lo que menos les gusta es no estar acompañados por los vivos, nos necesitan tanto como nosotros necesitamos el agua. Afortunadamente no existen esas gafas necrovisoras, porque si ellos sospecharan que están siendo vistos, si ellos intuyeran que podemos sentir su tacto o su olor, entonces estaríamos perdidos, les daríamos vía libre para que tomaran posesión de nuestro cuerpo, para que nos convirtieran en meros autómatas a su servicio, para que nos transformaran en muertos en vida.
Así que la próxima vez que sientas su roce en la espalda o que huelas su extraño olor ajeno a ti, di mentalmente y con rapidez "Es mi imaginación, es mi imaginación, es mi imaginación", porque como esa ánima se de cuenta de que la estás sintiendo, de que estás pensando en ella, en ese momento perderás el control sobre tu cuerpo y asistirás horrorizado a una nueva vida en la que ya no serás dueño de tus actos, una auténtica vida de zombi. ANTONIO CORDERO
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¿Quién mató a Elisenda?
 Sucursal número 10 de la calle Emperatriz. Hay gente que hace cola para ser atendida en una de las dos ventanillas que están abiertas. En una mesa trabaja, rodeado de papeles, el director de la sucursal. El vigilante permanece junto a la puerta con su mano derecha muy cerca de su pistola enfundada. Nada hay de anormal en esta estampa. Es la típica imagen de una mañana en cualquier sucursal bancaria. La gente espera con paciencia su turno. Delante de Elisenda hay un inmigrante africano, un matrimonio de jubilados y un ejecutivo que no deja de mirar su reloj. De pronto Elisenda grita, la gente mira hacia ella y la ven con las manos ensangrentadas junto al pecho y, al poco, cae desvanecida. El vigilante es el primero en acercarse a ella. Ve que tiene sangre en el pecho, junto al corazón. Le busca el pulso en el cuello y después hace un gesto de negación con la cabeza como certificando que está muerta. La policía no tarda en llegar. Toman declaración a todos los presentes en la sucursal: el inmigrante, los jubilados, el ejecutivo y los tres empleados del banco. Todos dan la misma versión. Nadie ha visto nada, Elisenda no tenía a nadie cerca cuando fue apuñalada. Tampoco aparece el arma homicida, pero entonces... ¿Quién ha matado a Elisenda? El ejecutivo cada vez está de peor humor, dice que su tiempo es muy valioso y que ya lleva dos horas allí metido cuando él ni ha sido ni sabe quien lo ha hecho. La anciana mujer no hace más que llorar, no deja de pensar en el rictus de pánico que tenía la mirada de Elisenda cuando intuyó que iba a morir. Su marido intenta consolarla aunque también está muy asustado. Al inmigrante le han pedido los papeles, no los tiene. Es un ilegal. Intuye que, aunque no le acusen de asesinato, le van a expulsar del país. Los dos empleados, un hombre y una mujer, y el director permanecen muy tranquilos. Ellos estaban muy lejos de la victima y les divierte un poco todo esto. Tendrán una buena anécdota para contar durante bastante tiempo. El vigilante es el que mejor se lo está pasando con todo esto. Trata a los agentes de policía como si fueran colegas y no deja de repetir cómo él la vió caer y cómo certificó que estaba muerta colocando los dedos indice y corazón sobre la carótida de la víctima. Hacen fotos y más fotos. Toman datos. LLega el juez y levanta el cadaver. La policía no tiene nada, ni arma ni testigos ni móvil. NADA. Finalmente dan permiso a los clientes para que se marchen a casa. Después se marchan los tres empleados, y por último sale el vigilante, quien está encargado de echar el cierre. Sucursal número 10 de la calle Emperatriz. Elisenda ha muerto asesinada pero parece que no lo ha hecho nadie. Pero claro que hay un culpable; claro que hay alguien que la ha matado. Ese alguien soy YO, el escritor. Yo decido quién ama y quién odia. Yo decido quién es feliz y quién sufre, y yo decido quién vive y quíén ha de morir. FIN Antonio Cordero, el autor.
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Largas noches de Invierno
Largas noches de invierno. Un raído gabán de hombre. Un carrito de la compra cuya rueda deformada le hace traquetear mientras avanza por las calles de la gran ciudad. Manos huesudas y azuladas. Hace mucho frío. Melisa preferiría no haber salido esta noche, esta noche hace demasiado frío. Pero no tiene más remedio que hacerlo. Últimamente apenas encuentra nada entre las basuras que pueda aprovechar para vender o cambiar por comida. Apenas hay nadie en la calle, apenas hay nadie que preste atención al lento y fatigoso caminar de una mendiga que, enfundada en su viejo gabán de hombre, se cruza con ellos. Ninguno de los transeúntes que pasa por delante de ella, a la luz de los radiantes escaparates del centro, se percata de su extrema delgadez, de sus hundidas y grises ojeras que la hacen parecer mucho mayor de lo que es (apenas ha cruzado la cincuentena), ni de su amplia sonrisa. Melisa les regala una sincera sonrisa a todos aquellos con los que se cruza, un regalo que nadie agradece ni devuelve porque lo habitual es que nadie se fije en ella, o casi nadie. -¡Va muy cargada con ese carro! –un elegante caballero, con chaquetón de color gris que le cubre hasta las rodillas y con traje, seguramente hecho a medida, se acerca a Melisa-. ¿Podría ayudarla? -No se moleste, señor. Estoy acostumbrada. -No es molestia. ¿Me permitiría invitarla a cenar? –el caballero le mira directamente a los ojos. Parece una invitación sincera. -No se moleste, señor. -Venga conmigo, es aquí cerca. Melisa medita la propuesta. No es normal que nadie sea tan amable con ella y menos en estos tiempos que corren tan individualistas. Medita el generoso ofrecimiento observando detenidamente al anónimo caballero. Le parece muy atractivo y con cara de buena persona. Además tiene hambre. Hace mucho, sí, mucho tiempo que no come caliente. Vuelve a fijarse en sus ojos, ojos que brillan con un tono azulado probablemente a causa del neón que les ilumina sobre sus cabezas. Acepta la invitación. El caballero le devuelve una sincera sonrisa y coge el carrito de la compra. Avanzan caminando por las calles del centro. Están solos. Nadie quiere salir de casa en un día tan frío como éste. Pero no tienen que andar demasiado. Llegan hasta un señorial edificio de techos altos, escalinatas de mármol y elaborada forja en el ascensor. -Podemos dejar aquí el carrito –el caballero señala un rincón a la izquierda de los buzones-. Nadie se lo quitará. Melisa acepta y suben en el obsoleto ascensor construido en el hueco formado por las escaleras de mármol. No dicen nada, sólo se miran. Llegan hasta una puerta lacada en blanco. Saca las llaves del bolsillo y abre la puerta. La casa del caballero es un auténtico palacio. Nada más entrar son recibidos por una muchacha con cofia y uniforme de criada. Frente a ellos, un enorme espejo de marco dorado le muestra a Melisa lo demacrado de su cara, “mejor ignorarlo”, piensa. -Su abrigo, por favor –la criada se acerca a ella y le ayuda a quitarse el gabán sin mostrar ninguna extrañeza ni por sus ropas ni por su aspecto en general. Pasan al salón, un auténtico salón palaciego. Pero no están solos. Al menos una decena de personas, todos elegantemente vestidos, esperan junto a una enorme mesa situada en un extremo de la estancia. La mesa está vestida con un delicado mantel de encaje, sobre el que han asentado con exquisito refinamiento copas talladas, platos de orlas doradas, cubertería de plata y dorados candelabros con esbeltas velas blancas. Melisa no puede evitar mirarlo todo con ojos de niño: La lámpara de araña con miles de cristalitos reflejando pequeños arco iris por todo el salón; la enorme alfombra con motivos geométricos azulados; enormes ventanales flanqueados por cortinas de raso de color granate; paredes ataviadas con cuadros, muchos cuadros de todos los tamaños, con paisajes y también con personajes ricamente engalanados. Se fija especialmente en uno de ellos donde aparece una mujer que guarda gran parecido con ella -Por favor Luisa, seremos uno más para la cena –las palabras del caballero la sacan de sus pensamientos. Luisa asiente con la cabeza, se da la vuelta y sale. -Vamos a dejarnos de formalismos y presentaciones y sentémonos a la mesa. Todos los invitados se sientan alrededor de la mesa y empiezan a llegar las viandas: crema de verduras, delicados hojaldres rellenos de marisco, magret de pato... Para beber, vino de Burdeos, agua con gas y champán francés. Melisa contempla todos estos platos con ojos ansiosos, pero evita mostrar su avidez y espera a que los demás comiencen a comer. Todo está buenísimo. Se afana en utilizar los cubiertos con corrección, en sujetar la copa de vino por el tallo. Para nada querría avergonzar al anfitrión. Melisa se siente una dama. No, es una dama. Nadie le presta más atención de la debida. A su derecha tiene al dueño de la casa. No sabe cómo se llama ni tampoco él ha mostrado interés en preguntar por el suyo. A su izquierda tiene a otro señor, éste bastante más maduro, pero demuestra una jovialidad difícilmente superable por ninguno del resto de comensales. Frente a ella no puede evitar mirar los nacarados collares que luce una invitada, ni su vestido de color negro con mangas de gasa. “Cómo me gustaría llevar un vestido como el suyo”. Hablan de multitud de temas. Los típicos y banales temas propios de las fiestas: de lo pronto que se ha dejado caer el frío; del momento de crisis que estamos atravesando por la subida del petróleo y de los últimos estrenos de cine y teatro. Ni siquiera la llegada de los postres ve disminuida su ansia de seguir comiendo. Incluso sería capaz de comerse la tartaleta de helado con frutos del bosque que ha dejado, sin probar, el comensal que tiene a su izquierda. Pero guarda la compostura y no lo hace. Terminado su postre se limpia, educadamente, los labios con la servilleta y la posa sobre la mesa. Tras la cena Melisa pensó en marcharse. Lo que menos quería era parecer desubicada y sentirse rechazada. Pero el cortés anfitrión tenía otros planes para ella. -La fiesta no acaba más que empezar. ¡Qué suene la música! Ritmos de tres tiempos surgen de la nada e inundan el salón. Vals austriaco, vals vienés, tiempo de vals. -Me concederá este baile. El caballero sin nombre acerca su mano derecha y toma la de ella. Comienzan a bailar, a girar. ¡Giran! A su alrededor los invitados también bailan. Melisa se siente como una reina. ¡Giran! Se deja llevar. Sus pies se deslizan de forma autómata, ella no los dirige. ¡Giran, giran, giran!
Los primeros rayos del amanecer comienzan a asomar por los ventanales del salón y los invitados comienzan a despedirse. Se despiden del anfitrión, se despiden del resto de invitados y se despiden también de ella. Ha sido una noche única, mágica. Melisa se ha sentido tan feliz...
Como añora esa vida, como añora haber huido de ella, del lujo, del amor verdadero que no supo reconocer. Renunció a todo ello a cambio de otro tipo de amor más pasional, que resultó ser tan falso como esas ensoñaciones que cada vez son más frecuentes. Está amaneciendo Los primeros rayos apenas son capaces de aportar unas leves notas de calor a su cuerpo. Se enfunda todo lo que puede en su raído gabán de hombre y regresa a su humilde refugio con el carrito casi vacío. Únicamente un destartalado transistor y un marquito de madera con dorada imitación a envejecido descansan en su fondo. Otra vez vuelve sin apenas nada con lo que poder conseguir comida. Pero claro, no debería soñar tanto. Antonio Cordero
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